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La historia de “Toy Story”: los juguetes que cambiaron el mundo hoy cantan un tango

“Te acordás hermano, qué tiempos aquellos”, podría cantarle Buzz a Woody en la quinta película de “Toy Story”: treinta años después de que aquella primera aventura irrumpieran en la pantalla grande para alterar para siempre los cimientos de la animación, la quinta entrega de la saga llega a los cines argentinos el 18 de junio. Un regreso que es una celebración, la del estudio que convirtió a una computadora en el instrumento más poderoso de la fantasía cinematográfica, pero también un paradójico lamento para una empresa que fue vanguardia tecnológica: ¿qué harán los viejos juguetes en este mundo de pantallas? Pero para entender el peso de ese retorno, hay que volver al origen. A mediados de los años ochenta, en un rincón de Silicon Valley, un grupo de ingenieros y artistas obsesionados con la imagen digital intentaba hacer algo que nadie había logrado: contar una historia completa con animación generada por computadora. Ese grupo era Pixar, una división de Lucasfilm que Steve Jobs compró en 1986 por cinco millones de dólares. Jobs, en ese momento recién expulsado de Apple, apostó por una empresa que en principio no hacía películas sino que vendía hardware para hospitales y estudios de efectos visuales. Pero había algo en aquellos experimentos que le parecía distinto. El primer gran ensayo fue “Luxo Jr.” (1986), un cortometraje de dos minutos con una lámpara de escritorio como protagonista, que se convirtió en la primera animación CGI nominada al Oscar y, con el tiempo, en el logo del estudio. Le siguió “Tin Toy” (1988), que ganó el Oscar al mejor cortometraje animado. Las bases estaban puestas. El proceso de producción de “Toy Story” fue una proeza técnica sin precedentes Solo faltaba el salto al largometraje, que llegó en 1991, cuando Disney firmó un acuerdo de 26 millones de dólares con Pixar para producir tres largometrajes. El equipo del estudio, que por entonces contaba con apenas tres animadores, presentó tres conceptos. Dos estaban basados en libros infantiles: “James y el durazno gigante” y “Bob el dinosaurio”. El tercero era una idea a medio cocer sobre un par de juguetes. Disney eligió la tercera opción. El resto es historia. El proceso de producción de “Toy Story” fue, en todos los sentidos, una proeza técnica sin precedentes. La película contiene más de 77 minutos de animación CGI pura, sin ninguna imagen de acción real. Solo el personaje de Woody requirió 700 controles de movimiento para animar su rostro. Para renderizar las imágenes se diseñó un software propio, el RenderMan, con un costo de 15 millones de dólares, y el tiempo total de renderizado superó las 800.000 horas de máquina distribuidas en una granja de 117 computadoras Sun Microsystems. EL CORAZÓN SOBRE TODO Pero la revolución técnica habría sido irrelevante sin la historia que la sostenía. Woody, el vaquero de cuerda con voz de Tom Hanks, fue diseñado como un personaje leal y protector, pero también atravesado por el miedo a ser reemplazado. Ese miedo —universal, reconocible en cualquier relación o trabajo— conectó de inmediato con audiencias de todas las edades. A su lado, Buzz Lightyear, el ranger espacial con voz de Tim Allen (la frontera del espacio que amenazaba con reemplazar a la del Oeste en la mitología norteamericana), completaba una dupla que la pantalla no había visto antes. Cuando “Toy Story” llegó a los cines en noviembre de 1995, fue una sensación inmediata y sostenida: recaudó cerca de 400 millones de dólares en todo el mundo y se convirtió en la película más taquillera del año. El modelo de animación artesanal, dibujado a mano, quedaba atrás para siempre. Para el año 2000, el 50% de las películas animadas ya usaban animación CGI. Para 2009, ese número había trepado al 90%. La primera cinta estrenó en 1995 y recaudó cerca de 400 millones de dólares Steve Jobs, que había apostado por Pixar cuando nadie más lo hacía, vio en ese estreno la confirmación de algo que siempre supo: que la tecnología podía ser también poesía. La salida a bolsa de Pixar, que coincidió con el estreno de “Toy Story”, convirtió al fundador de Apple en multimillonario por primera vez. No fue un dato menor: Jobs siempre consideró a Pixar uno de sus logros más importantes, tanto o más que cualquier producto de Apple. Ahora, treinta años después, la historia continúa. “Toy Story 5” es dirigida nuevamente por Andrew Stanton, uno de los padres fundadores de la saga, y enfrenta a Woody, Buzz y sus amigos a un enemigo que les resulta más amenazante que Sid o Lotso: la tecnología. La trama nace de lo que el propio Stanton describió como una “toma de conciencia de un problema existencial”: la realidad de que los niños de hoy casi no juegan con objetos físicos. Es, en cierto modo, la pregunta más honesta que Pixar podría hacerse en su trigésimo aniversario. ¿Qué lugar tienen los juguetes —y las historias— en un mundo de pantallas y algoritmos? Así es la vida: un tango para Pixar contaría cómo ayer fue vanguardia, inventó la animación por computadoras y transformó para siempre el panorama animado global; hoy, cuando todas las películas animadas se le parecen, se pregunta por su lugar en el mundo. Y lanza su respuesta a los cines el próximo jueves.

“Te acordás hermano, qué tiempos aquellos”, podría cantarle Buzz a Woody en la quinta película de “Toy Story”: treinta años después de que aquella primera aventura irrumpieran en la pantalla grande para alterar para siempre los cimientos de la animación, la quinta entrega de la saga llega a los cines argentinos el 18 de junio. Un regreso que es una celebración, la del estudio que convirtió a una computadora en el instrumento más poderoso de la fantasía cinematográfica, pero también un paradójico lamento para una empresa que fue vanguardia tecnológica: ¿qué harán los viejos juguetes en este mundo de pantallas?

Pero para entender el peso de ese retorno, hay que volver al origen. A mediados de los años ochenta, en un rincón de Silicon Valley, un grupo de ingenieros y artistas obsesionados con la imagen digital intentaba hacer algo que nadie había logrado: contar una historia completa con animación generada por computadora. Ese grupo era Pixar, una división de Lucasfilm que Steve Jobs compró en 1986 por cinco millones de dólares. Jobs, en ese momento recién expulsado de Apple, apostó por una empresa que en principio no hacía películas sino que vendía hardware para hospitales y estudios de efectos visuales. Pero había algo en aquellos experimentos que le parecía distinto.

El primer gran ensayo fue “Luxo Jr.” (1986), un cortometraje de dos minutos con una lámpara de escritorio como protagonista, que se convirtió en la primera animación CGI nominada al Oscar y, con el tiempo, en el logo del estudio. Le siguió “Tin Toy” (1988), que ganó el Oscar al mejor cortometraje animado. Las bases estaban puestas.

El proceso de producción de “Toy Story” fue una proeza técnica sin precedentes

Solo faltaba el salto al largometraje, que llegó en 1991, cuando Disney firmó un acuerdo de 26 millones de dólares con Pixar para producir tres largometrajes. El equipo del estudio, que por entonces contaba con apenas tres animadores, presentó tres conceptos. Dos estaban basados en libros infantiles: “James y el durazno gigante” y “Bob el dinosaurio”. El tercero era una idea a medio cocer sobre un par de juguetes. Disney eligió la tercera opción. El resto es historia.

El proceso de producción de “Toy Story” fue, en todos los sentidos, una proeza técnica sin precedentes. La película contiene más de 77 minutos de animación CGI pura, sin ninguna imagen de acción real. Solo el personaje de Woody requirió 700 controles de movimiento para animar su rostro. Para renderizar las imágenes se diseñó un software propio, el RenderMan, con un costo de 15 millones de dólares, y el tiempo total de renderizado superó las 800.000 horas de máquina distribuidas en una granja de 117 computadoras Sun Microsystems.

EL CORAZÓN SOBRE TODO

Pero la revolución técnica habría sido irrelevante sin la historia que la sostenía. Woody, el vaquero de cuerda con voz de Tom Hanks, fue diseñado como un personaje leal y protector, pero también atravesado por el miedo a ser reemplazado. Ese miedo —universal, reconocible en cualquier relación o trabajo— conectó de inmediato con audiencias de todas las edades. A su lado, Buzz Lightyear, el ranger espacial con voz de Tim Allen (la frontera del espacio que amenazaba con reemplazar a la del Oeste en la mitología norteamericana), completaba una dupla que la pantalla no había visto antes.

Cuando “Toy Story” llegó a los cines en noviembre de 1995, fue una sensación inmediata y sostenida: recaudó cerca de 400 millones de dólares en todo el mundo y se convirtió en la película más taquillera del año. El modelo de animación artesanal, dibujado a mano, quedaba atrás para siempre. Para el año 2000, el 50% de las películas animadas ya usaban animación CGI. Para 2009, ese número había trepado al 90%.

La primera cinta estrenó en 1995 y recaudó cerca de 400 millones de dólares

Steve Jobs, que había apostado por Pixar cuando nadie más lo hacía, vio en ese estreno la confirmación de algo que siempre supo: que la tecnología podía ser también poesía. La salida a bolsa de Pixar, que coincidió con el estreno de “Toy Story”, convirtió al fundador de Apple en multimillonario por primera vez. No fue un dato menor: Jobs siempre consideró a Pixar uno de sus logros más importantes, tanto o más que cualquier producto de Apple.

Ahora, treinta años después, la historia continúa. “Toy Story 5” es dirigida nuevamente por Andrew Stanton, uno de los padres fundadores de la saga, y enfrenta a Woody, Buzz y sus amigos a un enemigo que les resulta más amenazante que Sid o Lotso: la tecnología. La trama nace de lo que el propio Stanton describió como una “toma de conciencia de un problema existencial”: la realidad de que los niños de hoy casi no juegan con objetos físicos.

Es, en cierto modo, la pregunta más honesta que Pixar podría hacerse en su trigésimo aniversario. ¿Qué lugar tienen los juguetes —y las historias— en un mundo de pantallas y algoritmos? Así es la vida: un tango para Pixar contaría cómo ayer fue vanguardia, inventó la animación por computadoras y transformó para siempre el panorama animado global; hoy, cuando todas las películas animadas se le parecen, se pregunta por su lugar en el mundo. Y lanza su respuesta a los cines el próximo jueves.


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